205 años de independencia, vistos desde aduanas

205 años de independencia, vistos desde aduanas

205 años de independencia, vistos desde aduanas
Esta semana estamos en pura celebración, Costa Rica cumple 205 años de independencia. Doscientos cinco años desde que dejamos de depender de una corona para decidir nuestro propio destino.

A lo mejor te podrá sonar raro mezclar aduanas con un tema tan patrio, pero te prometo que, si sigues leyendo y me das un minuto, te voy a explicar que sí tiene mucho sentido.

Hay algo curioso en nuestro trabajo aduanero… todos los días ayudamos a que mercancía cruce fronteras, que productos ticos salgan al mundo y que el mundo entre a Costa Rica.

Y esa es también una forma de independencia: la capacidad de un país de decidir con quién comercia, qué produce, qué exporta y qué necesita traer de afuera.
Ningún país es una isla (literal o figuradamente), pero la manera en que se para frente al comercio internacional dice mucho de su soberanía.

Cada DUA que tramitamos, cada contenedor que sale de Puerto Caldera o Moín, cada pequeño empresario tico que por fin logra exportar su primer lote de café, de textiles, de lo que sea… es, a su manera, una expresión de esos 205 años de independencia.

Suena grande dicho así, lo sé. Pero en el fondo, cada trámite que resolvemos es una historia de alguien que decidió arriesgarse, producir, vender, crecer. Y eso, para mí, también es patria.

Ahora bien, no quiero que este correo se quede solo en lo conceptual. Porque la independencia también se celebra con cosas mucho más sencillas y mucho más entrañables: el farolito que se arma con la familia, el desfile del cole bajo el sol de setiembre, la banda tocando el Himno, el chorreador de café humeando en la esquina, el aroma a pan de elote.

Esas tradiciones a veces parecen "cositas" al lado de cifras de comercio exterior o de reformas aduaneras. Pero son exactamente lo que sostiene el sentido de todo lo demás.

Sin faroles, sin desfiles, sin esas tardes armando algo con papel de china y palitos de dientes, la independencia se queda en un concepto abstracto. Con ellas, se vuelve algo que se siente, se hereda y se transmite.

Así que este año, aunque estemos ocupados con lo de siempre, los invito a no dejar pasar esas tradiciones de lado.

Llévense a los peques al desfile. Ayuden a armar un farol, aunque les quede torcido. Paren un rato a escuchar la banda. Son esos detalles los que, generación tras generación, mantienen viva la razón por la que celebramos.

¡Feliz 15 de setiembre! Que sigamos siendo un país que decide, que produce, que exporta, y que también se detiene a celebrar lo sencillo.
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